miércoles, 7 de marzo de 2018

Garabandal. Solo Dios lo sabe. Película

Estrenos en El Puerto de Santa María y en Jerez:

Los mensajes. Lo que la Virgen venía a decir.

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El día a día de los sucesos de Garabandal era ya un mensaje. La Virgen María se relaciona con las «niñas» como una auténtica madre. Se las gana con su ternura y sus gestos de cariño. Conversa con ellas dándolas confianza para que ellas se expresen y le cuenten sus cosas y, aprovechando esos diálogos, las enseña, les explica… También las corrige cuando es necesario. Y juega con ellas. Es una madre. Y, en su relacionarse con las niñas, nos enseña a tratarla también así nosotros: como a una madre. En cada lugar donde se aparece, la Virgen se presenta bajo una advocación concreta: en Lourdes se muestra como la «Inmaculada Concepción»; en Fátima como la «Señora del Rosario»; a Santa Catalina Laboure se le manifiesta como «Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa»… En Garabandal, Nuestra Madre se presenta como: «Yo, vuestra Madre». Ese es su título: es «Nuestra Madre».
Pero, las apariciones de la Virgen en Garabandal, tienen además otra señal característica, y es la forma de relacionarse la Virgen, no solo con las «niñas», sino con el público que presencia las apariciones. Conchita, una de las videntes, señalaba que —en muchas ocasiones— sentía que Nuestra Madre no las miraba a ellas, sino que miraba y sonreía a aquellos que estaban detrás suyo, a los testigos de las apariciones. De hecho, en la última aparición, Nuestra Madre la dirá: «Conchita, no vengo solo por ti, sino que vengo por todos mis hijos». Estos testigos tuvieron un gran protagonismo durante los éxtasis: la Virgen parecía decidida a que, todos los que subieran a Garabandal, se llevaran una señal, una prueba de su presencia. Los testimonios al respecto son tantos como espectadores tuvieron las apariciones.
Pero además, la Virgen comunicó, en dos momentos precisos, mensajes muy concretos que las niñas debían hacer públicos. En varias ocasiones, también a través de las notas episcopales oficiales, los Obispos de Santander han manifestado que los mensajes de la Virgen en Garabandal eran «importantes» y «teológicamente correctos». El primero fue cuatro meses después del comienzo de las apariciones, el 18 de octubre de 1961. La fuerte lluvia, que no cesó en todo el día, no desanimó a las miles de personas que ese día llegaron hasta Garabandal. Al caer la tarde, en los Pinos, las niñas leyeron el texto del mensaje:
Hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia, visitar al Santísimo, pero antes tenemos que ser muy buenos. Y si no lo hacemos nos vendrá un castigo. Ya se está llenando la copa y si no cambiamos nos vendrá un castigo muy grande.

Con sencillez de madre, María Santísima daba a sus hijos las indicaciones que estos necesitaban oír para bien de sus almas. Si no tomamos el camino de la Cruz, si la Eucaristía no es el centro de nuestras vidas y de cada uno de nuestros días, si no somos buenos, si no nos convertimos, el Señor no tendrá más remedio que intervenir para que comprendamos la importancia de lo que está en juego: nuestra salvación.
El segundo mensaje de la Virgen llegó poco antes del fin de las apariciones, el 18 de junio del 1965. Fue el Arcángel San Miguel el encargado de comunicar a Conchita el mensaje, de parte de la Virgen. Las lágrimas ruedan por el rostro de la muchacha a medida que él va hablando:
Como no se ha cumplido y no se ha dado mucho a conocer mi mensaje del 18 de octubre de 1961, os diré que este es el último. Antes, la copa se estaba llenando, ahora, está rebosando. Muchos cardenales, obispos y sacerdotes van por el camino de la perdición, y con ellos llevan a muchas más almas. A la Eucaristía cada vez se le da menos importancia. Debéis evitar la ira del buen Dios sobre vosotros con vuestros esfuerzos. Si le pedís perdón con alma sincera, Él os perdonará. Yo, vuestra Madre, por intercesión del Ángel San Miguel, os quiero decir que os enmendéis. ¡Ya estáis en los últimos avisos! Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación. Pedidnos sinceramente y nosotros os lo daremos. Debéis sacrificaros más. Pensad en la Pasión de Jesús.
El mensaje —breve en palabras— era verdaderamente largo en contenido, y no hacía sino describir la dolorosa situación que estaba viviendo la Iglesia Católica, a punto de concluir el Concilio Vaticano II. Pero, el 18 de junio de 1965, Conchita no podía conocer lo que estaba sucediendo, porque la grave crisis doctrinal y sacerdotal que comenzaba a estallar en el seno de la Iglesia, apenas era conocida en España, y en esa aldea perdida de la montaña no se podía ni imaginar. Y, sin embargo, pronto esta situación, provocada no por el concilio en sí sino por interpretaciones equivocadas del mismo, se convertiría en motivo de profundo sufrimiento, e incluso de escándalo, para toda la Iglesia.